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Red Juvenil Ignaciana

  Mi experiencia en Camino Claver

Grupo de peregrinos de Daniela Mancera


Daniela Mancera nos cuenta cómo fue la experiencia de peregrinar por el eje cafetero. Su maleta, su grupo, los paisajes que observó y las reflexiones que tuvo contadas en algunos párrafos para todos nosotros.

Por Daniela Mancera

La Compañía de Jesús y cada una de sus obras ofrece un sin fin de experiencias, actividades que quizá muchos jóvenes no consideran llamativas. Sin embargo, el estar cerca de la filosofía ignaciana a lo largo de mi vida me ha permitido entender la importancia de construir una espiritualidad sólida. Pero como todo aquello que se vuelve parte de nuestra cotidianidad tiende a disiparse entre la rutina, las experiencias que propone la Compañía de Jesús se convirtieron en una checklist que no parecía tener un final que mis ojos pudieran dilucidar.

Decidí inscribirme a Camino Claver con la única certeza de caminar largas distancias en otra región del país. Ya había escuchado algunas apreciaciones acerca de lo profunda que había sido la experiencia en Camino Claver, muchas de estas historia las tomaba como meras exageraciones, sentimientos forzosamente encontrados, estos pensamientos me llevaban más a querer descubrir de qué se trataba el peregrinaje.

Colombia tiene una hermosa particularidad, un millar de paisajes en un solo país: glaciares, desiertos, valles y cordilleras crean un sin fin de bellas composiciones. Parece increíble afirmar como todo lo que acostumbras ver cambia de una manera drástica a tan solo 8 horas de distancia. Pase de ver amontonados edificios grises y graffitis cubriendo las paredes, a eternas montañas que se entraman en matices verdes. Como un cuadro pintado en óleo, cafetales, vacas, palmas de cera flores multicolores, la lluvia y el río, cada cosa parecía estar creada para deslumbrar los ojos de aquel que lo visitara.

La experiencia de Camino Claver en definitiva alteró mi cotidianidad. Levantarme cuando la noche aún cubría el cielo, ponerme lo primero que encontraba en la cima de la montaña de ropa revuelta en mi maleta, cargar mi maleta al hombro, reunirme con mi comunidad para emprender un camino.

Caminatas de 8 horas... la mayoría de los días el sol ardió con tal fuerza que parecía que supiera que unos peregrinos caminaban por el Quindío. Caminábamos por rústicos senderos de piedra que el paso de los vehículos había abierto, por los pavimentos de las carreteras y por la densa flora.

Los primero pasos iniciaban con un momento de observación profunda, un tiempo para mí misma, para observar detalles precisos, para admirar la naturaleza externa y también para pensar que ha sido de mi vida y cómo estoy. A veces se convertían en caminos eternos cargados de un profundo silencio y otras veces en cortos caminos llenos de risas, adivinanzas y juegos que deseaba que no terminaran nunca. Sin embargo, llegar al destino brotaba en mí una satisfacción indescriptible además el camino producía hambre que sería saciada al probar la comida que cada hotel ofrecía. Luego del camino mis piernas eran recompensadas con una tarde de descanso con piscina y culminadas con eucaristías, ese era un día de peregrinaje.

Varias palabras suscitan en mí al vivir esta experiencia, miles de emociones se despertaron en aquel lugar, pero unas se resaltan más que otras, entre ellas la plenitud que genera estar acompañado. Quizá es un tanto exagerado afirmar que en tan solo 5 días lo extraño se volvió familiar, que cada momento me hacía anhelar que se prolongará. A veces mis pies estaban tan cansados y doloridos que ya no veía ninguna otra solución más que llegar a descansar, pero así los pasos se fueran sumando y haciendo más pesados la felicidad de las risas y los amigos hacían de los tramos más cortos, los pasos más livianos y llevaderos.

Pero no solo era el caminar si no los destinos que también componían la trascendencia de la experiencia. Eran las misas también, un acto que para muchos es tedioso, y que para mí también lo era, pero se convirtió en un momento que recogía todo ese mundo de emociones que se despertaron al caminar, se condensaba en lindas palabras que llamaban a la tranquilidad y el amor.

Sin duda lo que me parecía meras exageración no lo era en definitiva, este tipo de experiencias cambia convicciones y perspectivas, nutren el alma y animan a seguir por ese camino de amor.

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